Retratistas del siglo XIX

La semana pasada me escapé tarde al Museo de Bellas Artes de Valencia sin más plan que perderme por sus salas. Acabé pasando más de una hora delante de los retratos. Y salí con una pregunta rondándome la cabeza: hoy hacemos cientos de fotos al día, pero ¿cuántas son retratos de verdad?

Hace dos siglos, un retrato podía ser la única imagen que quedaba de una persona. Por eso los pintores ponían en él todo su oficio. Te cuento los cinco que más me hicieron pensar y lo que, sin pretenderlo, nos siguen enseñando.

1. Federico de Madrazo y María de las Angustias Martos y Arizcun: la luz que favorece

Federico de Madrazo, Retrato de María de las Angustias Martos y Arizcun, baronesa de Spínola (1875). Museo de Bellas Artes de Valencia.

Federico de Madrazo fue el retratista de moda de la sociedad elegante del siglo XIX. Todo el mundo quería posar para él, y delante de este cuadro se entiende por qué. La luz acaricia la piel y los encajes con una suavidad que hace que la retratada, la baronesa de Spínola, parezca tranquila, serena, a gusto.

Además, es uno de los últimos fichajes del museo: lo compró en 2025. Si hace tiempo que no vas, ya tienes una excusa.

Lo que nos enseña: la luz suave favorece. No es casualidad que los fotógrafos busquen una ventana con luz indirecta o un día nublado para hacer retratos. Madrazo ya lo sabía.

2. Raimundo de Madrazo y su Señora vestida de negro: menos es más

Unos pasos más allá me esperaba otro Madrazo: Raimundo, hijo de Federico. De tal palo, tal astilla, aunque él triunfó sobre todo en París, retratando a la alta sociedad de medio mundo. En este retrato apuesta por algo que parece sencillo y no lo es: un vestido negro. Sin colores que distraigan, toda la atención va al rostro y a la expresión de la retratada.

Raimundo de Madrazo, Retrato de señora vestida de negro. Museo de Bellas Artes de Valencia.

Lo que nos enseña: a veces, quitar es mejor que añadir. Una ropa sencilla y oscura hace que la cara destaque. Es uno de los trucos más viejos del retrato, y sigue funcionando igual de bien delante de una cámara.

3. Emilio Sala y el retrato de Ana Colín y Perinat: el poder del color

Emilio Sala, Retrato de Ana Colín y Perinat. Museo de Bellas Artes de Valencia.

Emilio Sala fue uno de los retratistas más refinados de su tiempo. Además, le obsesionaba tanto el color que acabó escribiendo un libro sobre él, la Gramática del color (1906). En el retrato de Ana Colín y Perinat se nota esa obsesión: los tonos de la ropa, del fondo y de la piel están pensados para que todo encaje y la mirada vaya donde él quiere.

Lo que nos enseña: el fondo y los colores no son relleno. Antes de retratar a alguien, conviene fijarse en qué hay detrás y en qué lleva puesto. A veces, cambiar un poco de sitio lo cambia todo.

4. Cecilio Pla y su Retrato de niño jugando: atrapar el instante

Cecilio Pla fue alumno de Emilio Sala, así que tenía muy cerca a uno de los grandes maestros del color. Pero en este cuadro hace algo distinto: en lugar de un niño quieto y bien peinado posando para la posteridad, pinta a un niño jugando, metido en lo suyo. Parece un momento robado, casi como una instantánea.

Es otra de las incorporaciones recientes del museo, que lo adquirió en 2021.

Cecilio Pla, Retrato de niño jugando. Museo de Bellas Artes de Valencia.

Lo que nos enseña: los mejores retratos llegan cuando el retratado se olvida de que posa. Con los niños se ve enseguida: déjalos jugar y espera el momento, en lugar de pedirles que sonrían a la cámara.

5. Sorolla y sus Tres cabezas de estudio: practicar, practicar, practicar

Joaquín Sorolla, Tres cabezas de estudio (imagen central). Museo de Bellas Artes de Valencia.

Este fue mi descubrimiento de la visita. No es un retrato de encargo, sino tres cabezas pintadas como ejercicio, rápidas, casi como quien toma apuntes. Y tienen una frescura que muchos retratos «serios» no consiguen.

Hay un detalle que me encanta: el suegro de Sorolla, Antonio García Peris, era fotógrafo, y el joven Joaquín trabajó en su estudio. Es probable que allí aprendiera mucho sobre cómo cae la luz en una cara.

Lo que nos enseña: nadie hace un gran retrato a la primera. Sorolla, que era Sorolla, practicaba cabezas una y otra vez. Hoy, con una cámara o un móvil, practicar no cuesta nada.

Lo que me traje del museo

Salí con la sensación de que el retrato, se haga con óleo o con píxeles, se apoya en lo mismo: mirar con atención, entender la luz, cuidar los detalles y practicar mucho. Los pintores del XIX tuvieron que aprenderlo durante años en academias y talleres. Nosotros lo tenemos bastante más fácil.

Si después de leer esto te apetece intentarlo, te recomiendo este curso de retrato fotográfico. Conozco el trabajo de quien lo imparte, y sus retratos tienen justo lo que buscaban estos pintores: personas que parecen a punto de hablarte.

Y si pasas por Valencia, regálate una visita al Museo de Bellas Artes. La entrada es gratuita, y esos retratos y muchas obras más te estarán esperando.

La Sirenita de Copenhague

La estatua pequeña con una historia enorme

Hay monumentos que impresionan por su tamaño. Y luego está la Sirenita, que hace justo lo contrario. Mide solo 1,25 metros, está sentada sobre una roca a la orilla del puerto y más de un viajero, al verla por primera vez, suelta un «¿ya está?». Sin embargo, es el símbolo de toda una ciudad y una de las esculturas más fotografiadas del mundo. Su historia tiene de todo: un cuento triste, un cervecero enamorado del arte, una bailarina pudorosa y unas cuantas desventuras.

Todo empezó con un cuento (que no acaba como en la película)

En 1837, el escritor danés Hans Christian Andersen publicó La sirenita. Si solo conoces la versión de dibujos animados, prepárate, porque el original es bastante más agridulce.

En el cuento, la joven sirena renuncia a su voz y a su mundo para conseguir unas piernas y acercarse al príncipe del que se ha enamorado. Cada paso le duele como si pisara cuchillos. Además, el príncipe se casa con otra. Ella, en lugar de vengarse, se lanza al mar y se convierte en espuma.

Pero Andersen le reservó un final inesperado. La sirenita no desaparece, sino que se transforma en una de las «hijas del aire», unos espíritus que recorren el cielo haciendo el bien. La criatura que nació en el mar y soñó con la tierra termina volando. No es mal destino.

Un cervecero, un ballet y un encargo

Damos un salto a 1909. Carl Jacobsen, hijo del fundador de la cerveza Carlsberg y gran coleccionista de arte, asiste en el Teatro Real de Copenhague a un ballet basado en el cuento. Sale tan fascinado con la bailarina protagonista, Ellen Price, que decide regalar a la ciudad una estatua de la sirenita.

El encargo recae en un escultor de 33 años, Edvard Eriksen, y la estatua se inaugura el 23 de agosto de 1913 en el paseo de Langelinie, donde sigue hoy.

El artista y el pequeño lío de las modelos

Edvard Eriksen (1876-1959) nació en Copenhague y empezó como aprendiz de tallista de madera antes de estudiar en la Real Academia de Bellas Artes. No era un desconocido: había esculpido las figuras de mármol del sepulcro de los reyes Cristián IX y Luisa en la catedral de Roskilde. Más tarde fue profesor de la Academia y conservador del Museo Thorvaldsen. Aun así, pasó a la historia por una sola obra.

La idea era que Ellen Price posara para la estatua. La bailarina aceptó prestar su rostro, pero se negó en redondo a posar desnuda. Eriksen recurrió entonces a alguien de mucha más confianza: su mujer, Eline. La versión más repetida dice que la cara es de la bailarina y el cuerpo de la esposa. Otros sostienen que Eline posó para la figura entera. Sea como sea, la mujer más retratada de Dinamarca es, en buena parte, la señora Eriksen.

Cuando la veas, fíjate en un detalle: no tiene una cola de pez completa. Se le distinguen las piernas, que terminan en aletas. Eriksen la representó justo en el momento de la transformación, a medio camino entre dos mundos.

Una vida de sobresaltos

Para ser tan tranquila, la Sirenita ha tenido una vida muy agitada:

  • 1964: le serraron la cabeza, que nunca apareció. Hubo que fundir una nueva a partir del molde original.
  • 1984: le cortaron el brazo derecho. Lo devolvieron dos días después.
  • 1998: la decapitaron de nuevo. Esta vez la cabeza apareció, entregada de forma anónima a una televisión.
  • 2003: la arrancaron de su roca con explosivos y acabó en el agua del puerto.

A esto se suman decenas de pintadas, disfraces y camisetas de fútbol. Cada vez, la ciudad la ha restaurado y la ha devuelto a su sitio.

  • Solo se ha ido de casa una vez. En 2010 dejó su roca por primera vez en casi un siglo para cruzar medio mundo y pasar unos meses en la Exposición Universal de Shanghái. Volvió sin un rasguño.
  • Quizá no sea la original. Según publicó la revista alemana Der Spiegel, la del puerto habría sido siempre una copia, y la auténtica la guardarían los herederos del escultor en un lugar secreto.
  • Tiene derechos de autor. La obra está protegida hasta 2030, y la familia Eriksen los defiende con celo. Más de un periódico danés ha recibido una factura por publicar su imagen.
  • Tiene hermanas por el mundo. Hay más de una docena de copias, y una está muy cerca de Madrid: en el Parque Europa de Torrejón de Ardoz, en Madrid. Otra recibe a los viajeros en el aeropuerto de Copenhague.

La Sirenita es una buena excusa para conocer una ciudad que se disfruta sin prisas. Muy cerca está Nyhavn, el canal de las casas de colores, donde Andersen vivió durante años. En pleno centro se encuentra Tivoli, un parque de atracciones abierto en 1843 que, según se cuenta, inspiró a Walt Disney. Entre un sitio y otro verás bicicletas por todas partes, porque en Copenhague hay más bicis que coches.

Y no está tan lejos como parece. Desde España son unas tres horas de vuelo, y el aeropuerto queda a apenas un cuarto de hora en metro del centro. Si la sirenita fue capaz de cambiar el mar por la tierra, y luego la tierra por el aire, quizá el viaje no sea para tanto. A veces lo más difícil de conocer un lugar es animarse a despegar.

Si tu problema es el miedo a volar, te recomiendo este libro para que puedas disfrutar visitando

Pinturas murales del Real Casino de Madrid

Dediqué mi Trabajo Fin de Máster en Investigación en Historia del Arte al pintor español Emilio Sala Francés, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, así que leeréis sobre él por aquí alguna que otra vez. Pero hoy quiero centrarme en una de sus últimas obras: las pinturas murales del Casino de Madrid.

Si alguna vez has paseado por la calle de Alcalá, cerca de la Puerta del Sol, habrás pasado junto a un edificio elegante, en el número 15, con una fachada que parece sacada de París. Es el Real Casino de Madrid, uno de los clubes sociales más antiguos de España. Por fuera ya llama la atención, pero lo mejor está dentro: salones decorados con pinturas de algunos de los grandes artistas españoles de principios del siglo XX.

La buena noticia es que no hace falta ser socio para verlas. Enseguida te cuento cómo.

Un poco de historia

El Casino se fundó en 1836 como club de reunión y tertulia. Durante años cambió de sede, hasta que a principios del siglo XX los socios decidieron construir un edificio propio a la altura de su prestigio. Convocaron un concurso internacional al que se presentaron 27 proyectos. Al final, el edificio mezcló ideas de varios de ellos y su construcción la dirigió el arquitecto José López Sallaberry.

Se inauguró el 29 de septiembre de 1910, después de cinco años de obras. Desde 1993 es Bien de Interés Cultural, la máxima protección que puede tener un edificio histórico en España.

El Salón Real: la joya de la casa

Si hay un espacio que merece la pena conocer, es el Salón Real, que originalmente se llamaba Salón de Fiestas. Es un gran salón de baile de estilo Luis XIV, con lámparas francesas y vidrieras de la casa Maumejean. Aun así, lo que hace que la gente se quede mirando hacia arriba son sus pinturas.

El techo: Emilio Sala y Cecilio Pla

El techo lo decoran dieciséis lienzos pintados por Emilio Sala y Cecilio Pla. Los temas son «arcádicos», es decir, escenas de un mundo ideal y feliz dedicadas a las artes: el teatro, la música, la danza y la poesía. Es una elección con mucho sentido para un salón pensado para fiestas y conciertos.

Detrás de estas pinturas hay una historia curiosa. Emilio Sala, alcoyano, era uno de los pintores más respetados de su tiempo y además profesor en Madrid. Cecilio Pla, valenciano, fue uno de sus alumnos. Maestro y discípulo acabaron firmando juntos uno de los techos más espectaculares de la ciudad: Sala murió en abril de 1910, apenas unos meses antes de que el Casino abriera sus puertas, así que no llegó a ver el salón terminado y Plá fue el encargado de finalizar las pinturas.

Las paredes: las horas del día

Años después, entre 1918 y 1919, el salón se completó con cuatro grandes pinturas que representan las distintas horas del día a través de escenas mitológicas. Cada una es obra de un pintor diferente, y todos ellos ya eran muy conocidos en aquella época:

  • El amanecer: La Aurora, de Anselmo Miguel Nieto.
  • El mediodía: Leda y el cisne, de Fernando Álvarez de Sotomayor.
  • La tarde: La toilette de Venus, de Manuel Benedito.
  • La noche: Conjuro, de Julio Romero de Torres.

Seguro que el último nombre te suena. Romero de Torres es el pintor cordobés famoso por sus mujeres morenas de mirada misteriosa, y su Conjuro tiene ese mismo aire enigmático que tan bien le sienta a la noche.

Un consejo para cuando las veas: fíjate en cómo cambia la luz de un cuadro a otro. Van desde los tonos suaves y rosados del amanecer hasta la oscuridad de la noche. Es como recorrer un día entero dando una vuelta al salón.

Más allá del Salón Real

El resto del edificio también guarda sorpresas. El Salón Puerta del Sol, que antes era el comedor de socios, tiene paisajes de Granada, Madrid y Valencia pintados por Antonio Gomar. Y en el Patio de Honor, cubierto por una gran vidriera, está la escultura Las edades de la mujer, de Mateo Inurria, junto a una escalera monumental que por sí sola merece una foto.

Cómo verlas desde casa: el visor virtual

El Casino de Madrid es un club privado, así que no es fácil entrar a curiosear. Por suerte, su página web tiene un visor virtual en 3D con el que puedes recorrer los salones como si estuvieras allí.

Para usarlo, puedes entrar desde aquí. Y si no te funciona el enlace, puedes acceder siguiendo estos pasos:

  1. Entra en la web del Real Casino de Madrid, sección Instalaciones › Salones, y abre la visita virtual 3D.
  2. Arrastra con el ratón (o con el dedo, si usas el móvil o la tableta) para mirar a tu alrededor, también hacia arriba.
  3. Haz clic en los círculos blancos del suelo para avanzar de una sala a otra.
  4. Cuando llegues al Salón Real, levanta la vista. Ahí está el techo de Sala y Pla. Después date la vuelta despacio para encontrar las cuatro horas del día en las paredes.

Mi recomendación es que lo hagas con calma, un día con un rato libre y un café al lado, como si fuera una visita de verdad. Es una forma estupenda de descubrir un tesoro que la mayoría de madrileños nunca ha visto por dentro. La página web tiene buenas fotografías del patrimonio artístico que alberga el Casino y merece la pena echarle un vistazo.

Para terminar

El Casino de Madrid resume muy bien una época: la de una ciudad que quería parecerse a París y que llamó a sus mejores artistas para conseguirlo. En sus paredes se cruzan generaciones, como la de Emilio Sala y su alumno Cecilio Pla, o la de Romero de Torres y sus compañeros, y también estilos muy distintos que conviven en armonía bajo el mismo techo.

¿Te animas a hacer la visita virtual? Si lo haces, cuéntame en los comentarios cuál de las cuatro horas del día te ha gustado más.